Diario 5

 

Descubriéndome desde mi reflexión personal

El testimonio que más me tocó fue el del perdón a una compañera de trabajo. Me quedó sonando porque se siente muy real… muy humano. Uno muchas veces termina pasando por cosas parecidas, pero no siempre las logra mirar con esa claridad.

Lo primero que pensé fue: qué duro debe ser que alguien que uno consideraba amiga termine hablando mal a las espaldas. Y más duro aún en un ambiente donde uno pasa tantas horas, como el trabajo. Esa sensación de traición silenciosa, de no saber bien qué pasó, pero igual sentir el golpe… eso duele. Me pareció fuerte cómo ella logró hacer el ejercicio de ver más allá de lo que le hicieron. De pensar que quizá su compañera también estaba saturada, que no todo lo que dijo era mentira, que tal vez fueron malos momentos y ya.

Leyéndolo, me acordé de algo que viví hace un tiempo. También con alguien que fue cercano y luego se volvió distante. Y aunque no hubo pelea ni nada grave, uno igual se queda con esa incomodidad guardada, con preguntas sin respuesta. A mí me costó mucho soltarlo. Y creo que por eso este testimonio me tocó tanto: porque ella sí pudo perdonar sin necesidad de que la otra persona le pidiera disculpas. Porque decidió no quedarse ahí pegada.

Me dio como tristeza también. Eso de encontrarse con alguien y tener que fingir que todo está bien. O ser amable sin saber si el otro está haciendo el mismo esfuerzo. Me conmovió su intención de no guardar rencor, pero también sentí esa frustración de no haber podido hablar las cosas de frente. A mí eso me cuesta mucho… cuando no hay cierre, cuando queda todo en el aire.

Me identifiqué sobre todo con la parte donde dice que también ha cometido errores y que otras personas la han perdonado. Eso me pegó. Porque es verdad, uno también ha fallado, y a veces se le olvida. Perdonar, desde ese lugar, se vuelve más posible. Como un acto de empatía. No por justificar al otro, sino por soltar uno.

Me deja pensando en que no siempre se puede recuperar lo que se rompió. Que a veces el perdón no lleva a una reconciliación, pero sí a una tranquilidad interna. A vivir sin ese peso. A poder ver al otro y no sentir rabia, aunque ya no haya cercanía. Y eso ya es bastante.


Ampliando tu perspectiva

Yo vi cosas que Alejandro no mencionó. Para mí, lo más duro del testimonio no fue solo el conflicto o la traición, sino ese silencio incómodo que quedó después. Esa sensación de actuar con amabilidad cuando por dentro hay algo sin resolver. Eso para mí es muy pesado. Porque uno puede perdonar, sí, pero quedarse con esa duda de qué hubiera pasado si las cosas se hablaban. Alejandro se enfocó más en la ofensa y el perdón como tal, pero para mí, lo que duele es no haber tenido esa última conversación. El cierre. El "vení, hablemos".

Lo que él sí vio y yo no tanto fue la diferencia entre perdonar y reconciliar. Yo sentía que si uno perdonaba, ya. Tema cerrado. Pero es cierto lo que dijo: que reconciliarse es otra cosa. Que es recuperar algo que se había roto. Y ahí entendí que muchas veces yo también me he quedado solo con el perdón. He soltado, sí… pero no he intentado volver a conectar. Tal vez por miedo, tal vez por orgullo. Pero no lo hago. Y eso me dice algo de mí: a veces prefiero evitar el dolor que puede traer el intento de arreglar lo que quedó mal.

Antes de escuchar el análisis, yo pensaba que este testimonio era sobre una persona que supo soltar, que fue valiente por perdonar aunque no le pidieran perdón. Y sí, eso sigue siendo cierto. Pero ahora lo veo distinto. Como una historia que también deja en evidencia lo difícil que es reconciliar, lo que cuesta asumir que hay cosas que se rompen y ya no se arreglan. Y eso, aunque duela menos que el rencor, sigue doliendo un poco.

Ahora no solo pienso en el perdón, sino en cuántas veces me he negado a buscar esa segunda parte: la reconciliación.


¿Querés que lo deje aún más breve o que suene más conversado, como si lo estuvieras diciendo en voz alta?

Descubriéndome desde la escritura narrativa

Con una persona que consideraba amiga me pasó algo que todavía me deja pensando. No fue una pelea directa, ni nada escandaloso. Fue más bien eso que se va sintiendo en el ambiente, como si algo se rompiera en silencio. Me dijeron que estaba hablando mal de mí y aunque no eran cosas graves, me dolieron. Lo que más me afectó fue que no me lo dijo de frente. Sentí que si había algo que decir, se decía, y ya. Eso me sacó la piedra. Sentí que no me valoraba como amiga. Me cerré, me alejé, me tragué el enojo. No supe cómo manejarlo, así que dejé que el tiempo lo enterrara.

En su momento creí que había perdonado. Pero ahora, después de todo lo que he reflexionado en este curso, me doy cuenta de que no fue tan así. Lo solté, sí, pero sin procesarlo bien. No hubo conversación, no hubo cierre, no entendí su parte ni le conté la mía. Simplemente me fui con esa sensación de “no quiero más lío” y ya. Pero quedó algo ahí.

Lo que más me ha servido de todo esto es entender que el perdón no siempre va acompañado de una reconciliación. Yo pensaba que si uno perdonaba, todo volvía a estar bien. Pero no. A veces se perdona, pero la relación no se recupera. Y está bien. Aunque igual queda ese vacío de lo que pudo ser.

También entendí que me he protegido demasiado del conflicto. Que me cuesta tener conversaciones incómodas, y que a veces por evitar eso, dejo que se enfríen cosas importantes. Me hubiera gustado haberle dicho lo que sentía, no desde la rabia, sino desde la claridad. Tal vez no hubiéramos sido amigas otra vez, pero por lo menos habría dicho lo mío.

Hoy lo veo distinto. Ya no me interesa cargar con cosas no resueltas. Si algo así vuelve a pasar, quiero hablarlo. No quedarme con el orgullo atravesado. Poder decir cómo me siento sin necesidad de que el otro se excuse. Y si la otra persona también quiere hablar, bien. Y si no, también.

Perdonar para mí ya no es ignorar. Es entender, soltar, y quedarme con lo que sí está en mis manos. Y eso me da más paz que hacer como si nada hubiera pasado.

De la mano de nuestras emociones

Después de volver a leer lo que escribí sobre esa situación que viví con esa persona que consideraba amiga, y de hacer las meditaciones, me di cuenta de varias cosas que antes tenía medio revueltas.

¿Qué emociones identifiqué?
Lo primero fue tristeza. No tanto por lo que se dijo, sino por lo que se perdió. También apareció frustración, porque nunca se habló de frente. Y sí, también sentí algo de rabia —no muy fuerte, pero ahí estaba— como una molestia por la falta de honestidad, por no haber tenido la oportunidad de aclarar las cosas.

¿Qué veo debajo de esas emociones?
Creo que debajo de esa tristeza hay decepción. Uno espera que las personas cercanas actúen distinto. Y debajo de la rabia, veo miedo… miedo a enfrentar esas conversaciones que pueden ser incómodas, miedo a que me digan cosas que no quiero oír. También hay orgullo, porque en ese momento preferí callar antes que mostrarme vulnerable.

¿Cómo se manifiestan esas emociones en mi cuerpo y mi mente?
En el cuerpo lo siento como tensión en el pecho, como si algo se quedara trabado ahí. A veces también en la mandíbula, como si apretara sin darme cuenta. En la mente es más como una voz que se repite: “¿y si hubieras dicho algo? ¿y si no te hubieras quedado callado?”. Es un pensamiento que va y vuelve.

¿Cómo he manejado esas emociones hasta el momento?
La verdad, las he manejado evitando. Pensando que si lo dejo pasar, se va. Y sí, con el tiempo se siente menos… pero no se va del todo. Las emociones siguen ahí, como bajito, esperando que uno las escuche en serio. Y en este ejercicio me di cuenta de que no basta con soltar superficialmente. Hay que mirar más profundo y nombrar lo que pasó.

Representación simbólica de mi situación de no perdón
Para representar lo que siento, hice una figura en plastilina como en forma de espiral torcida, como enredada. Porque así es como lo siento: algo que no termina de desenredarse. Le puse el título: “Ruido”. Porque eso es lo que quedó después de todo: un ruido sordo, interno, que no deja claro si está resuelto o no.

Asigné el color violeta, porque hay emociones cruzadas. A ratos creo que ya está superado, y a ratos vuelven las dudas y el malestar. No es blanco ni negro. Es confuso. Y también muy humano.

Reflexión tras ver el video sobre las emociones
Después de ver el video entendí mejor cómo funcionan las emociones y cómo no se trata de “controlarlas” sino de aprender a darles espacio y entenderlas. En mi caso, creo que al evitar la conversación me ahorré un mal rato, pero al mismo tiempo dejé que esa emoción se quedara ahí sin resolverse. Hoy veo que si no reconozco lo que siento, y si no lo proceso, esa emoción se me puede quedar trabada y salir en otros momentos, con otras personas. Y no quiero eso.

Este ejercicio me ayudó a ver que todavía hay cosas que puedo hacer conmigo mismo para sanar mejor. Y que a veces el verdadero perdón empieza por dejar de hacerme el loco con lo que siento.


Las consecuencias del no perdón


Después de leer esos testimonios de personas que han vivido cosas tan duras, me dio como un golpe de realidad. Gente que ha perdido familia, que ha vivido violencia de verdad, y aun así han perdonado. No porque todo esté bien, sino porque no quieren seguir viviendo con ese peso encima. Eso me hizo pensar mucho en lo mío.

Yo me he quedado pegado con cosas que parecen pequeñas al lado de lo que ellos han vivido, pero igual me han dolido. Y aunque creí que ya había pasado, me doy cuenta de que hay emociones que siguen ahí. Como una mezcla entre tristeza, frustración, y ese rencor suave que no explota pero tampoco se va.

Quedarme con eso… ¿para qué?

La verdad, quedarme con esas emociones me ha servido solo para encerrarme más. Me ha hecho desconfiar, alejarme de gente, cerrarme. En el fondo no me ha protegido de nada, solo me ha hecho más duro por dentro. Para la otra persona, tal vez ni cuenta se dio, o tal vez también carga con su parte, pero nadie gana. No construye nada.

Lo que leí en el texto de Robin me cayó como anillo al dedo. Eso de que uno, al no perdonar, se queda atado al pasado. Como si le diera poder a la otra persona sobre lo que uno siente. Y es cierto. Uno se amarga solo, mientras el otro sigue su vida. ¿Para qué?

¿Tiene sentido seguir así?

No. Sé que no. Aunque a veces uno se convence de que sí, que uno tiene razón, que es mejor no soltar. Pero no. Me cansa, me tiene en pausa. Me cierra. No me hace bien.

Entonces, ¿qué sigue?

Lo que quiero ahora es soltar, pero desde otro lugar. No desde hacerme el fuerte o hacer como si nada, sino desde cuidarme a mí. Desde entender que no necesito tener la última palabra ni una disculpa para dejar ir. Que perdonar no es para el otro, es para mí. Y que no se trata de reconciliar si no hay con qué, pero sí de no quedarme cargando algo que ya pesa demasiado.


Cuando yo he sido el ofensor


Una vez le hablé muy feo a alguien que quería mucho. Fue en medio de una discusión. Estaba cansado, sin paciencia, ya venía acumulando cosas y exploté. No grité, pero el tono fue hiriente, las palabras fueron duras, y la forma como lo dije… fue lo que más dolió.

¿Cómo me sentí en ese momento?
Con rabia, sí, pero también con impotencia. Era como si no pudiera controlar lo que decía. Como si la emoción saliera primero que la razón. Y después, me sentí mal. Como con resaca emocional. Me dolía haber dicho eso. Me daba pena. Me sentía egoísta, pero al mismo tiempo justificaba lo que dije por todo lo que yo también venía sintiendo.

¿Qué motivos me llevaron a hacerlo?
No fue solo la pelea en sí, fue todo lo que venía acumulando antes. Sentimientos no hablados, cosas que no había dicho por evitar líos, y que al final terminaron saliendo de la peor forma. No me detuve a pensar cómo iba a caer lo que iba a decir. Solo lo solté.

¿Qué efecto tuvo eso en la otra persona?
Se cerró. No me respondió con rabia, pero se notaba el dolor. Creo que se sintió traicionada. Porque veníamos construyendo algo desde la confianza, y con esa forma de hablar, yo rompí parte de eso. No solo por lo que dije, sino por cómo lo dije.

¿Cómo quedó nuestra relación después de eso?
Quedó tocada. No fue que se rompiera del todo, pero ya no fue igual. Aunque hablamos después y seguimos en contacto, se sintió una distancia. Como si esa persona ya no se sintiera segura conmigo del todo. Y lo entiendo. A veces basta un momento para dañar mucho.

¿Pedí perdón?
Sí, pero no de inmediato. Me demoré. Me costó reconocer que me había equivocado. Al principio solo dije algo como “no quise decirlo así”. Pero después, con más calma, sí lo hablé bien, y pedí perdón en serio. Porque no era solo por lo que había dicho, sino por cómo eso la había hecho sentir.

¿Cómo podría reparar lo que hice?
Escuchando más. Si algún día se da la oportunidad, dejar que esa persona me diga cómo se sintió, sin interrumpir, sin justificarme. Y seguir demostrando con acciones que aprendí. Porque el daño no se repara solo diciendo “perdón”, se repara cambiando.


Con eso, llegue a esta carta: 

Hola,

He pensado muchas veces en ese día. En lo que dije, en cómo lo dije, y en lo que eso dejó entre nosotros. No fue justo. Ni lo que dije, ni cómo lo solté sin pensar en cómo te ibas a sentir. Me dejé llevar por todo lo que yo venía cargando, y terminé soltándotelo a ti como si fueras responsable de todo. Y no.

Quiero que sepas que reconozco el daño que causé. No solo por las palabras, sino por lo que pudieron significar para ti. Por cómo quizá cambió la forma en que me veías, por esa sensación de ya no sentirte segura conmigo.

Te pido perdón de corazón. No por borrar lo que pasó, porque eso no se puede. Te pido perdón porque entiendo que fallé, y porque si pudiera volver a ese momento, lo haría distinto.

No sé si hay algo que puedas o quieras pedirme, pero estoy dispuesto a escucharlo. Y si ya no hay camino para recuperar lo que se perdió, igual me importa que sepas que aprendí. Que entendí.

Gracias por lo que fuiste en mi vida, y por lo que, a pesar de todo, me dejaste.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Semana 1

Modulo 2

Diario 6